Re-viendo, analizando
con la mayor de las objetividades posibles el lapso transcurrido en lo que
denominaré nuestro conocimiento humanístico, me siento en la obligación de admitir que tengo temor de encaminarme hacia
un abismo supermasivo.
Livianamente obvio es.
En él flotan las imágenes
mentales que mi mente ha recreado desde tal hecho.
Ahora que es presente todavía, estoy comenzando a sospechar que mi alter ego te
erigió un altar tan sideral que este platonismo del cual me acuso y condeno, es
solo eso, una creación imaginaria.
Desde otra arista del mismo prisma, nuestras sucesiones involuntarias de
rozamiento no son caracterizadas como “comunes” en lo que define el tipo de vínculo
que asumimos y determinamos para la conexión humano-etérea, astral que nos subyuga.
Estamos aproximándonos a los límites del vacío, un número imaginario, la
divergencia aural.
Particularmente mi sintonía me sienta bien.
Áurea es la elipse que circunda las cuerdas de la teoría que nos une.
Pues bien, luego puede que en una dimensión alterna mis imágenes mentales sean
solo eso, y en otra sucedan tangiblemente, como suceden las tormentas.
Vibramos en conjunto con una armonía tan excéntrica que acaba resultándome cautivante
y sé bien que no quiero evitar ser atrapada por ese magnetismo.
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